El Pequeño Conejo que Buscaba un Arcoíris

Había una vez un pequeño conejo blanco llamado Leo. Vivía en una cómoda madriguera al borde de una gran pradera llena de flores de colores.

Una mañana, después de una suave lluvia, Leo vio algo maravilloso en el cielo.

—¡Oh! ¿Qué es ese gran puente de colores? —preguntó con los ojos muy abiertos.

Su mamá sonrió.

—Es un arcoíris, pequeño. A veces aparece después de la lluvia.

Leo admiró sus hermosos colores.

—¡Me gustaría verlo más de cerca! —dijo con entusiasmo.

Entonces emprendió el camino a través de la pradera.

Pasó junto a las margaritas blancas y le preguntó a una mariquita:

—¿Sabes dónde está el arcoíris?

—No —respondió la mariquita—, pero es muy bonito de mirar.

Leo continuó su camino. Encontró una ardilla ocupada recogiendo avellanas.

—¿Has visto el arcoíris?

—Sí —respondió la ardilla—, pero cada vez que me acerco, parece alejarse más.

El pequeño conejo siguió su viaje hasta llegar a una colina. Subió hasta la cima y miró a su alrededor.

El arcoíris seguía brillando en el cielo, pero todavía estaba lejos.

Cansado, Leo se sentó en la hierba. En ese momento, una colorida mariposa se posó a su lado.

—¿Por qué estás triste? —preguntó la mariposa.

—Quería tocar el arcoíris, pero no puedo.

La mariposa batió suavemente sus alas.

—El arcoíris no es un lugar al que puedas ir. Es un regalo del cielo para que admiremos su belleza.

Leo volvió a mirar los brillantes colores y sonrió.

—Tienes razón. Puedo disfrutarlo incluso desde lejos.

Cuando regresó a casa, le contó su aventura a su mamá.

Desde aquel día, cada vez que aparecía un arcoíris, Leo se detenía un momento para admirarlo y recordar que algunas maravillas están hechas para ser contempladas.