Érase una vez un trenecito verde llamado Milo. Vivía en un valle rodeado de campos y pequeñas colinas.
Cada día transportaba pasajeros, cestas de fruta y cartas importantes.
Pero Milo soñaba con llegar más alto… muy alto, hasta las montañas.
—Algún día veré las cimas —solía decir.
Una mañana, el jefe de estación le dijo:
—Hoy vas a hacer un viaje especial hasta la montaña.
Milo estaba muy contento.
Arrancó suavemente y salió del valle.
El paisaje fue cambiando poco a poco. Los campos se convirtieron en bosques y, luego, en rocas.
—¡Subo! ¡Subo! —decía Milo con entusiasmo.
Los pájaros volaban por encima de él, como si lo acompañaran.
Por el camino, se encontró con un viejo tren gris.
—Las montañas son altas y difíciles —dijo el viejo tren—. Pero son magníficas.
—¡Estoy listo! —respondió Milo.
Cuanto más subía, más fresco se volvía el aire.
Por fin, llegó a una gran estación al pie de las montañas.
Ante él, las cumbres estaban cubiertas de nieve y brillaban bajo el sol.
—¡Es aún más bonito que en mis sueños! —exclamó Milo.
Los viajeros sacaban fotos, maravillados.
Pero al mirar más allá, Milo vio un pequeño sendero bloqueado por piedras.
—Nadie puede pasar por aquí —dijo una cabra montés.
Milo se lo pensó.
Luego dijo:
—¿Y si trabajamos juntos para despejar el camino?
Los viajeros, los animales e incluso el viejo tren se pusieron a ayudar.
Poco a poco, se fueron apartando las piedras.
El sendero volvió a quedar libre.
—¡Gracias! —dijo la cabra con alegría.
Milo se sentía orgulloso.
Había descubierto la montaña… y también el poder de la ayuda mutua.
Cuando el sol se puso tras las cumbres, emprendió de nuevo el camino hacia el valle.
Pero esta vez ya no era el mismo.
Sabía que cada viaje se vuelve aún más bonito cuando se ayuda a los demás por el camino.
Y desde aquel día, Milo contaba su aventura a todos los trenes con los que se cruzaba.