Érase una vez dos pequeños pueblos separados por un río: el pueblo de la Luna y el pueblo del Sol.
Los habitantes de ambos lados vivían felices, pero no podían verse fácilmente.
No había ningún puente.
Los niños del pueblo de la Luna decían:
—¡Nos gustaría jugar con los niños del otro lado!
Y al otro lado, los niños del pueblo del Sol decían lo mismo.
Un día, a un niño llamado Adam se le ocurrió una idea.
— ¿Y si construimos un puente?
Todos se quedaron sorprendidos.
— Pero somos demasiado pequeños —dijo alguien.
Adam respondió:
— Si cada uno echa una mano, lo conseguiremos.
Los habitantes empezaron a trabajar juntos.
Unos traían madera, otros cuerdas, y algunos animaban a los trabajadores.
Poco a poco, el puente empezó a tomar forma.
Pero un día cayó una fuerte lluvia.
El río se encrespó.
—¡El puente no va a aguantar! —dijeron algunos.
Adam miró el puente.
—¡Tenemos que seguir juntos!
Los habitantes de ambos pueblos se pusieron a trabajar aún más duro.
Reforzaron las cuerdas, añadieron tablones y no se desanimaron.
Por fin…
El puente quedó terminado.
Todo el mundo aplaudió.
Los niños de ambos pueblos se encontraron en medio del puente.
Se rieron, jugaron y se hicieron amigos.
El anciano sabio dijo:
— Este puente no está hecho solo de madera… está hecho de amistad.
Adam sonrió.
Había comprendido algo importante:
Cuando la gente trabaja unida, ni siquiera un río puede separarla.
Y desde ese día, los dos pueblos nunca más volvieron a estar separados.