Érase una vez una pequeña nube llamada Nino. A diferencia de las demás nubes, a Nino no le gustaba quedarse en el mismo sitio del cielo.
—¡Quiero ver el mundo! —solía decir.
Un día, el viento le respondió:
—Pues ven, te ayudaré a viajar.
Nino se puso muy contento.
El viento lo empujó suavemente por encima de las montañas, los bosques y los océanos.
—¡Guau! —exclamó Nino—. ¡El mundo es inmenso!
Al pasar por encima de un pueblo, vio a unos niños jugando en el patio del colegio.
Levantaron la cabeza:
—¡Hola, nubecita!
Nino se quedó sorprendido.
—¿Me están hablando?
Más allá, vio un campo de flores sedientas.
—Me gustaría ayudarlas… —pensó.
Se concentró con todas sus fuerzas.
Poco a poco, se fue volviendo más pesado.
Ploc… ploc… ploc…
Empezó a caer una suave lluvia.
Las flores sonrieron.
—¡Gracias, nubecita! —dijeron.
Nino estaba feliz.
—¡He conseguido ayudar a alguien!
Volvió el viento.
—Ya ves, viajar no es solo observar el mundo… también es hacerlo mejor.
Nino continuó su viaje.
Atravesó desiertos, ciudades y montañas nevadas.
Por dondequiera que pasaba, a veces traía lluvia, a veces sombra y, a veces, simplemente su presencia.
Una noche, se posó en el cielo sobre un lago tranquilo.
El reflejo de las estrellas brillaba sobre el agua.
—Estoy cansado… pero feliz —dijo.
El viento susurró:
—Has descubierto algo importante: incluso una pequeña nube puede desempeñar un gran papel.
Desde ese día, Nino siguió viajando por el cielo.
Y por dondequiera que pasaba, dejaba un poco de magia a su paso.