El pequeño erizo y el bosque luminoso

Érase una vez un pequeño erizo llamado Hugo. Vivía en un bosque tranquilo donde los árboles parecían tocar el cielo.

A Hugo le encantaba pasear, sobre todo por la mañana, cuando el rocío brillaba sobre las hojas.

Un día, se dio cuenta de algo extraño.

El bosque parecía más oscuro de lo habitual.

—¿Dónde se ha ido la luz? —se preguntó.

Los pájaros susurraban:

—El bosque ha perdido a sus luciérnagas…

Hugo decidió echar una mano.

Fue a ver a la vieja lechuza.

—¿Sabes dónde están las luciérnagas? —preguntó.

La lechuza respondió:

—Se han escondido porque el bosque se ha vuelto demasiado silencioso y triste.

Hugo se puso a pensar.

—Pero, ¿cómo podemos hacer que el bosque vuelva a ser feliz?

La lechuza sonrió con ternura:

—Quizá aportando un poco de alegría.

Hugo comenzó su aventura.

Fue a ver a sus amigos: el conejo, la ardilla y el ratón.

—¡Juguemos juntos! —propuso.

Al principio, dudaron.

Pero Hugo empezó a reír, a correr y a cantar.

Poco a poco, los animales se unieron a él.

El bosque cobró vida.

De repente, apareció una pequeña luz entre los árboles.

—¡Una luciérnaga! —exclamó el ratón.

Luego una segunda, luego una tercera…

Pronto, decenas de luciérnagas iluminaron el bosque.

Este se volvió mágico, brillante y alegre.

El búho dijo:

—¿Lo ves, Hugo? La alegría hace que vuelva la luz.

Hugo sonrió.

Desde aquel día, nunca olvidó que compartir la alegría puede iluminar incluso los lugares más oscuros.

Y cada noche, el bosque brillaba gracias a él y a sus amigos.