Había una vez una pequeña ratoncita llamada Mimi. Vivía en una cómoda madriguera al pie de un gran árbol, junto a un prado lleno de flores.
Mimi era dulce y amable, pero era muy tímida.
Cada vez que encontraba a otros animales, bajaba la cabeza y se escondía entre la hierba.
—¡Hola, Mimi! —decía el conejo.
—H… hola —respondía ella en voz muy baja.
Después se marchaba rápidamente.
Una mañana, mientras recogía unas semillas, vio a un pequeño erizo sentado solo junto a un arbusto.
Parecía triste.
Mimi dudó.
Quería hablar con él, pero su timidez se lo impedía.
Dio unos pasos hacia delante y luego otros hacia atrás.
Finalmente, reunió todo su valor.
—Hola —dijo suavemente.
El erizo levantó la cabeza y sonrió.
—¡Hola! Me llamo Hugo.
—Yo soy Mimi.
Durante unos instantes permanecieron en silencio.
Después Hugo explicó:
—Acabo de llegar a este bosque. Todavía no conozco a nadie.
Mimi se sorprendió.
Pensaba que era la única que se sentía incómoda al hablar con los demás.
—A mí también me da miedo hablar con otras personas —confesó.
—¿De verdad? —preguntó Hugo.
—Sí.
Los dos nuevos amigos comenzaron a conversar.
Hablaron de las flores, los árboles, los pájaros y de sus juegos favoritos.
Poco a poco, Mimi se sintió cada vez más cómoda.
Unos días después, Hugo invitó a Mimi a una pequeña fiesta organizada por los animales del bosque.
Al principio, la ratoncita estaba nerviosa.
Pero Hugo permaneció a su lado.
Gracias a su amigo, conoció al conejo, la ardilla, la tortuga y la mariquita.
Todos fueron amables y se alegraron mucho de conocerla.
Al final del día, Mimi sonreía.
—Me he divertido muchísimo —dijo.
—Yo también —respondió Hugo.
Desde aquel día, Mimi comprendió que, a veces, un simple «hola» basta para comenzar una hermosa amistad.
Y cada vez que conocía a alguien nuevo, encontraba un poco más de valor para sonreír y hablar.
Porque las amistades más bonitas suelen nacer de un pequeño gesto de bondad.