El Erizo que Tenía Miedo de la Noche

Había una vez un pequeño erizo llamado Hugo. Vivía en un bosque tranquilo, bajo un gran roble.

Durante el día, a Hugo le encantaba jugar con sus amigos. Corría entre las flores, buscaba bayas y se reía con las ardillas.

Pero cuando el sol comenzaba a ponerse, Hugo se preocupaba.

—No me gusta la noche —decía—. Es oscura y misteriosa.

Cada noche, regresaba rápidamente a su nido de hojas y se escondía bajo su manta.

Una noche, mientras la luna brillaba en el cielo, su mamá le preguntó:

—¿Por qué tienes tanto miedo de la noche?

—Porque no puedo ver bien lo que me rodea —respondió Hugo.

Su mamá sonrió dulcemente.

—A veces, lo que no conocemos parece dar miedo. ¿Te gustaría descubrir el bosque conmigo esta noche?

Hugo dudó por un momento, pero aceptó.

Salieron juntos. Al principio, Hugo permaneció muy cerca de su mamá.

Poco a poco, comenzó a notar cosas hermosas.

La luna iluminaba los árboles con una luz plateada.

Las luciérnagas danzaban como pequeñas estrellas.

Un búho posado en una rama cantaba suavemente.

Cerca de un arroyo, las ranas ofrecían un divertido concierto.

—¡Qué bonito es todo! —exclamó Hugo.

Continuaron su paseo.

De repente, Hugo vio a un pequeño conejo que parecía perdido.

—Ya no encuentro mi madriguera —dijo el conejo temblando.

Hugo pensó por un momento.

—Voy a ayudarte.

Gracias a la luz de las luciérnagas, buscaron juntos el camino. Finalmente, encontraron la madriguera.

—¡Muchas gracias! —dijo el conejo con una gran sonrisa.

Hugo se sintió orgulloso.

Mientras regresaba a casa, levantó la vista hacia el cielo lleno de estrellas.

—Después de todo, la noche no da tanto miedo —dijo.

Su mamá le respondió:

—Simplemente esconde maravillas diferentes a las del día.

Desde aquella noche, Hugo ya no tuvo miedo de la noche. Le encantaba observar las estrellas, escuchar los sonidos del bosque y admirar las luciérnagas que iluminaban la oscuridad.

Y cada noche se convertía para él en una nueva aventura.