Había una vez un joven leoncito llamado Leo. Vivía con su familia en una gran sabana.
Leo era amable, curioso y le encantaba jugar con sus amigos. Pero tenía un pequeño problema: a menudo le faltaba valor.
Cuando tenía que probar algo nuevo, decía:
—Quizás mañana…
Una mañana, los animales de la sabana supieron que se iba a celebrar un gran concurso cerca del viejo baobab.
Cada participante debía cruzar un pequeño puente de madera sobre un arroyo.
Los amigos de Leo estaban muy emocionados.
—¡Vamos a participar! —exclamó la gacela.
—¡Yo también! —dijo el mono.
Leo quería participar, pero le daba miedo el puente.
Llegó el día del concurso.
Los animales cruzaban el puente uno tras otro.
Cuando llegó el turno de Leo, miró el agua que corría bajo sus patas.
Su corazón latía muy deprisa.
—No puedo hacerlo —susurró.
En ese momento oyó la voz de su mamá.
—Ser valiente no significa no tener nunca miedo. Ser valiente significa avanzar incluso cuando sientes un poco de miedo.
Leo se quedó pensando.
Respiró profundamente.
Después puso una pata sobre el puente.
Luego otra.
Y después una tercera.
Paso a paso, fue avanzando.
El puente se movía un poco, pero Leo continuó.
Sus amigos lo animaban desde el otro lado.
—¡Tú puedes!
Por fin llegó al final del puente.
Todos los animales aplaudieron.
Leo estaba muy orgulloso.
No había sido el más rápido ni el más fuerte.
Pero había logrado vencer su miedo.
El viejo búho, que observaba el concurso, le entregó una pequeña medalla.
—Este premio es por tu valentía —dijo.
Leo sonrió.
Aquel día comprendió que el valor crece cada vez que nos atrevemos a intentarlo.
Desde entonces, cada vez que se presentaba una nueva aventura, recordaba aquel momento en el puente.
Y aunque a veces todavía sentía un poco de miedo, siempre seguía adelante con confianza.
Porque ahora sabía que el valor se encuentra en cada pequeño paso que nos atrevemos a dar.