Había una vez una pequeña tortuga llamada Tina. Vivía junto a un estanque rodeado de juncos y flores silvestres.
Tina era amable y curiosa, pero tenía un sueño un poco especial.
—¡Me gustaría correr tan rápido como el viento! —decía a menudo.
Sus amigos sonreían.
—Pero las tortugas caminan despacio —le recordaba el pato.
—Tal vez, respondía Tina, ¡pero quiero intentarlo!
A la mañana siguiente, Tina decidió empezar a entrenar.
Estiró el cuello, movió sus pequeñas patas tan rápido como pudo y cruzó un pequeño sendero.
—¡Estoy corriendo! ¡Estoy corriendo! —gritó con alegría.
Un conejo pasó junto a ella dando grandes saltos.
—¡Hola, Tina! —le dijo antes de desaparecer en la distancia.
La pequeña tortuga suspiró.
—Nunca seré tan rápida como él.
Más tarde, encontró a un viejo búho posado en la rama de un árbol.
—¿Por qué pareces tan triste? —le preguntó.
Tina le explicó su sueño.
El búho pensó durante un momento.
—Cada uno tiene un talento diferente. ¿Alguna vez te has fijado en aquello que tú haces mejor que los demás?
Tina no estaba segura.
Así que continuó su paseo.
Por el camino, vio a una familia de hormigas que buscaba un lugar seguro para descansar después de una lluvia.
—Suban a mi caparazón —les ofreció Tina.
Las hormigas aceptaron muy contentas.
Tina las llevó con cuidado hasta un lugar seco.
—¡Gracias, Tina! —dijeron.
Un poco más adelante, un caracol tenía dificultades para cruzar el sendero.
Tina lo ayudó con mucha paciencia.
Al final del día, todos los animales le dieron las gracias por su amabilidad.
Entonces volvió el viejo búho.
—¿Lo ves? —le dijo—. Puede que no seas la más rápida, pero eres confiable, paciente y siempre estás dispuesta a ayudar a los demás.
Tina sonrió.
Comprendió que la velocidad no era lo más importante.
Desde aquel día, avanzó a su propio ritmo, sin compararse con los demás.
Y cada vez que veía al conejo correr por la pradera, le saludaba con una patita y seguía su camino con orgullo.
Porque había descubierto que cada uno es especial a su manera.