Érase una vez una pequeña nube blanca llamada Nono. Vivía muy alto en el cielo, por encima de las montañas y los mares.
Nono era muy amable, pero un poco tímido.
Cada mañana, intentaba ocultar el sol.
—Oh, no… brilla demasiado para mí —decía.
El sol, por su parte, sonreía dulcemente.
— ¡Buenos días, Nono!
Pero Nono se escondía detrás de otras nubes.
Un día, el viento le habló:
— ¿Por qué te escondes siempre?
Nono respondió:
— No soy tan bonito como el sol… ni tan fuerte.
El viento sopló suavemente.
— Pero sin ti, el cielo estaría vacío.
Nono no lo entendió.
Aquel día, un pueblecito allá abajo esperaba la lluvia.
Las plantas tenían sed.
Los niños miraban al cielo con esperanza.
—¡Hace falta lluvia! —dijo una flor.
Pero Nono seguía dudando.
—¿Y si molesto?
El sol se acercó suavemente.
—Nono, no tienes por qué ser como yo. Tienes tu propio papel.
Nono reflexionó.
Entonces, por primera vez, se adelantó ante el sol.
Poco a poco, se hizo más grande, más tierno, más valiente.
Y empezó a llover.
Una lluvia ligera, perfecta.
Las flores sonrieron.
Los ríos cantaron.
Los niños bailaron bajo las gotas.
Nono estaba sorprendido.
—He hecho felices a todos…
El sol sonrió:
— ¿Lo ves? Ser tú mismo es tu mayor fuerza.
Desde aquel día, Nono ya no tuvo miedo.
A veces hacía llover, otras dejaba pasar el sol.
Y el cielo siempre era magnífico gracias a él.