Érase una vez una pequeña estrella llamada Stella. Vivía muy arriba en el cielo, entre millones de otras estrellas centelleantes.
Pero Stella era diferente.
No le gustaba brillar demasiado.
— ¿Y si brillo demasiado? ¿Y si a los demás no les gusto? —se preguntaba a menudo.
Las otras estrellas le decían:
—¡Brilla, Stella! ¡Eres preciosa!
Pero Stella seguía siendo tímida, escondida detrás de una nubecita.
Una noche, el cielo se oscureció mucho.
Ninguna estrella brillaba lo suficiente como para iluminar la noche.
Abajo, los niños tenían miedo a la oscuridad.
—¿Dónde está la luz? —preguntó un niño pequeño.
Stella miró hacia la Tierra.
Vio a los niños buscando la luz de las estrellas.
Sintió que su corazón latía con fuerza.
—Quizá pueda intentarlo… —murmuró.
Poco a poco, Stella empezó a brillar.
Al principio un poquito… luego un poco más…
Su luz era suave, pero muy bonita.
Una estrella, luego dos, y después todas las demás la siguieron.
El cielo se volvió magnífico, lleno de luz.
Los niños de abajo sonrieron.
—¡Mira! ¡Las estrellas brillan!
Stella se sorprendió.
—¡Me ven… y sonríen!
La estrella más vieja le dijo:
—¿Lo ves, Stella? Tu luz hace que el mundo sea más bonito.
Entonces, Stella comprendió algo importante.
Brillar no da miedo… es un regalo.
Desde aquel día, nunca más volvió a tener miedo.
Y cada noche, iluminaba el cielo con dulzura y confianza.