Érase una vez un ventito llamado Vico. Le encantaba viajar por todo el mundo: por las montañas, los mares, los bosques y las ciudades.
Vico refrescaba las flores, hacía bailar a las hojas y ayudaba a las nubes a desplazarse.
Pero un día se sintió cansado.
—Llevo mucho tiempo viajando… quizá debería parar —pensó.
Se sentó suavemente en la cima de una montaña.
El mundo allá abajo seguía viviendo.
Las flores esperaban su soplo.
Los veleros esperaban su ayuda.
Los niños esperaban que jugara con las hojas.
Pero Vico permanecía inmóvil.
Los árboles dejaron de moverse.
Las flores inclinaron la cabeza.
Incluso las nubes parecían tristes.
Una pequeña paloma se acercó a él.
—¿Por qué estás triste, ventito?
Vico respondió:
—Estoy cansado… ya no sé si soy importante.
La paloma sonrió con ternura.
— Mira a tu alrededor.
Vico observó el mundo.
Vio una flor que no podía abrirse sin él.
Vio un barco que no podía avanzar sin él.
Vio a unos niños que esperaban que jugara con ellos en los árboles.
Entonces lo comprendió.
—Formo parte del mundo…
Tomó una gran «inspiración» del cielo.
Y volvió a soplar suavemente.
Las flores se abrieron.
Los árboles bailaron.
Las nubes reanudaron su viaje.
La paloma dijo:
—¿Lo ves? Incluso el soplo más pequeño tiene una gran importancia.
Vico sonrió.
Ya no estaba cansado.
Porque había comprendido que, mientras ayudara al mundo a vivir, siempre tendría un papel que desempeñar.
Y desde ese día, la brisita siguió viajando… con aún más alegría.