El pequeño arroyo que quería convertirse en río

Érase una vez un pequeño arroyo llamado Riri. Corría tranquilamente entre las rocas de una montaña.

Riri era cristalino, alegre y estaba lleno de pececitos.

Pero tenía un sueño:

—¡Quiero convertirme en un gran río! —decía.

Las piedras que lo rodeaban se reían en voz baja.

—Aún eres pequeño, Riri. Ten paciencia.

Pero Riri quería crecer rápido.

Cada día miraba hacia el fondo del valle, por donde discurría un gran río.

—¡Algún día seré como él!

Una mañana, una pequeña gota de lluvia cayó en el arroyo.

Luego otra… y otra más.

—¡Buenos días! —dijeron las gotas—. Venimos a ayudarte.

Riri creció un poco.

Estaba feliz.

Empezó a bajar la montaña.

Por el camino, se encontró con pequeños arroyos como él.

—¿Adónde vais? —preguntó.

—¡Hacia el valle! —respondieron los otros arroyos.

Riri comprendió algo.

—¡Juntos somos más fuertes!

Se unieron.

Poco a poco, el arroyo se hizo más ancho.

Corría más rápido, con más fuerza, más lejos.

Los peces nadaban alegremente.

Las flores crecían en sus orillas.

Un día, Riri llegó al gran valle.

Y allí…

Vio el gran río.

—¡He llegado! —dijo.

Pero el río le respondió suavemente:

—Ahora formas parte de mí.

Riri comprendió entonces que su sueño se había hecho realidad… pero no por sí solo.

Se había convertido en un gran río gracias a todos los pequeños arroyos que se habían unido.

Desde ese día, siguió fluyendo, orgulloso y feliz.

Y nunca olvidó que incluso las cosas pequeñas pueden llegar a ser grandes cuando se unen.