Érase una vez un pequeño arcoíris llamado Rina. Vivía en el cielo y aparecía después de cada lluvia para iluminar el mundo.
Un día, ocurrió algo extraño.
Rina se despertó… pero ya no estaba en el cielo.
¡Se había caído a la tierra!
—Oh, no… ¿dónde estoy? —preguntó mientras miraba a su alrededor.
Se encontraba en un pequeño valle verde, rodeada de árboles y flores.
Pero sin el cielo, no podía brillar como debía.
Se sentía muy débil.
Los animales del valle la encontraron.
—¡Mirad! ¡Es una lucecita de colores! —dijo el conejo.
—Parece triste —añadió la tortuga.
Rina explicó:
—Soy un arcoíris… pero he perdido el cielo.
Los animales quisieron ayudarla.
—No te preocupes, te ayudaremos a encontrar tu sitio.
Empezaron a pensar.
El viento sopló suavemente:
—Quizá tengas que reunirte con la lluvia y el sol.
Rina comprendió que necesitaba el cielo para existir.
Pero, ¿cómo volver allí?
A los animales se les ocurrió una idea.
Empezaron a cantar, a bailar y a enviar alegría hacia el cielo.
Poco a poco, apareció una nube sobre el valle.
Entonces, el sol brilló detrás de ella.
Empezó a caer una llovizna.
Rina sintió que un calor suave la envolvía.
—¡Funciona! —dijo.
Una luz ascendió desde el suelo hacia el cielo.
Rina se elevó suavemente.
Los colores empezaron a volver.
Rojo… naranja… amarillo… verde… azul… violeta…
¡Había vuelto al cielo!
Un magnífico arcoíris iluminó todo el valle.
Los animales aplaudieron.
—¡Has vuelto!
Rina sonrió:
—Lo he entendido… Necesito el sol, la lluvia… y la alegría de la Tierra para existir.
Desde ese día, se mostraba aún más hermosa después de cada lluvia.
Y todo el mundo esperaba con alegría su regreso.