Érase una vez un niño pequeño llamado Adam. Cada noche, cerraba los ojos pensando en mundos mágicos y grandes aventuras.
Una noche, ocurrió algo increíble.
Su cama se transformó poco a poco en una pequeña nube.
—¿Adónde voy? —murmuró Adam.
Una voz suave respondió:
—Vas al mundo de los sueños.
Adam alzó el vuelo a través del cielo estrellado.
Atravesó galaxias brillantes, nubes luminosas y ríos de luz.
Al poco tiempo, llegó a un lugar maravilloso.
Era un gran valle donde cada sueño cobraba vida.
Vio un castillo hecho de luz, un bosque que cantaba y montañas que brillaban como cristales.
—¡Es increíble! —exclamó Adam.
Una pequeña estrella se acercó a él.
—Bienvenido al Reino de los Sueños.
Adam exploró ese mundo mágico.
Vio a niños que construían puentes de nubes, pájaros que pintaban el cielo y flores que reían suavemente.
Pero, de repente, una parte del cielo se oscureció.
—¿Qué está pasando? —preguntó Adam.
La estrella respondió:
—Los sueños desaparecen cuando la gente se olvida de imaginar.
Adam se quedó pensativo.
Entonces se le ocurrió una idea.
— ¿Y si soñamos juntos?
Cerró los ojos e imaginó cosas alegres: risas, juegos, aventuras, amistades.
Los demás niños del sueño se unieron a él.
Poco a poco, la luz volvió.
El cielo se llenó de colores.
Todo el valle volvió a brillar.
La estrella sonrió:
—Has comprendido que los sueños viven gracias a la imaginación.
Adam pasó otro momento maravilloso en ese mundo.
Entonces sintió que una suave luz lo traía de vuelta.
Cuando abrió los ojos…
Estaba en su cama.
Pero sabía que el mundo de los sueños seguía existiendo en algún lugar.
Y cada noche, podía volver allí.