Érase una vez una niña llamada Lina. Tenía una imaginación muy fértil y le encantaba soñar antes de dormirse.
Una noche, justo cuando cerraba los ojos, sintió que una suave brisa la llevaba lejos.
Cuando volvió a abrirlos, se encontró en un lugar extraordinario.
¡Estaba flotando en el cielo!
Delante de ella se alzaba un magnífico castillo construido íntegramente con caramelos.
Las paredes eran de chocolate, las torres de malvavisco y las ventanas de azúcar brillante.
—¿Dónde estoy? —murmuró Lina.
Apareció una pequeña hada sonriendo.
—Bienvenida al Reino de los Sueños.
Lina estaba maravillada.
Entró en el castillo y probó un trocito de la pared de chocolate.
—Mmm… ¡qué rico!
En el jardín vio flores en forma de piruletas y ríos de caramelo.
Pequeñas y suaves nubes pasaban lentamente por el cielo.
La hada le explicó:
—Aquí, todo lo que imagines puede hacerse realidad.
Lina también se encontró con unos niños que jugaban y reían juntos.
Construían puentes de azúcar y hacían casitas de galletas.
Pero, de repente, el cielo se oscureció un poco.
Una parte del castillo empezó a derretirse.
—¡Oh, no! —exclamó Lina—. ¿Qué está pasando?
La hada respondió:
—El reino necesita alegría para existir. Sin sueños felices, desaparece poco a poco.
Lina se lo pensó.
Decidió reunir a los niños.
—¡Cantemos todos juntos! —propuso.
Empezaron a cantar una canción alegre.
Poco a poco, el castillo recuperó sus colores.
Las torres se enderezaron, los muros volvieron a ser sólidos.
El sol volvió a brillar en el cielo de los sueños.
La hada sonrió.
—Has comprendido que los sueños viven gracias a la alegría y a la imaginación.
Lina pasó otro rato maravilloso en ese mundo mágico.
Entonces, poco a poco, volvió a sentir la brisa.
Cuando abrió los ojos, estaba en su cama.
Sonrió.
— ¡Qué sueño tan increíble…!
Desde aquel día, Lina nunca olvidó que la imaginación puede crear los mundos más hermosos.
Y cada noche se dormía con sueños aún más maravillosos.