El pequeño lápiz mágico

Érase una vez un niño pequeño llamado Sami. Le encantaba dibujar, pero sus dibujos nunca eran nada del otro mundo.

Un día, su abuela le regaló un pequeño lápiz dorado.

—Cuídalo bien —le dijo—. Es un poco mágico.

Sami estaba muy emocionado.

—¿Mágico? ¿De verdad?

Empezó a dibujar una casa.

De repente… ¡la casa salió del papel en miniatura!

—¡Oh! —exclamó.

Dibujó un árbol… luego un pájaro… ¡y todo cobró vida!

Sami estaba maravillado.

—¡Es increíble!

Se pasó todo el día dibujando animales, flores e incluso un barquito.

Pero pronto se dio cuenta de algo.

Todos sus dibujos estaban solos y tristes.

—¿Por qué no parecen felices? —se preguntó.

El lápiz susurró suavemente:

—Quizá les falte algo…

Sami se lo pensó.

Entonces dibujó a otro niño.

Y los dibujó juntos, jugando.

De repente, los dibujos empezaron a sonreír.

Los animales jugaban juntos.

Los niños se reían.

El mundo dibujado cobraba vida y se llenaba de alegría.

Entonces, Sami comprendió algo importante.

No es la magia del lápiz lo que hace que las cosas sean bonitas…

Sino la forma en que las imaginamos con amor y las compartimos.

Siguió dibujando, pero ahora siempre dibujaba amigos, familias y momentos felices.

Y sus dibujos se convirtieron en los más bonitos del mundo.