Érase una vez un pajarito llamado Timo. Vivía en un cómodo nido en lo alto de un gran árbol.
Todos los días observaba a los demás pájaros volar por el cielo.
—Qué felices son… —decía.
Pero a Timo le daba miedo salir de su nido.
—¿Y si me caigo? ¿Y si no lo consigo? —se repetía.
Su mamá le decía con dulzura:
—Ya estás preparado, Timo. Tus alas son fuertes.
Pero Timo negaba con la cabeza.
Un día, una suave brisa sopló entre las ramas del árbol.
—Hoy es un buen día para intentarlo —susurró el viento.
Timo miró al cielo.
Era inmenso, azul y magnífico.
Pero el miedo seguía ahí.
Se acercó al borde del nido.
—No puedo… —dijo.
En ese momento, oyó un pequeño grito.
Un pajarito se había caído de otro árbol y ya no podía volver a subir.
Timo lo miró.
—Necesita ayuda…
Su miedo seguía ahí, pero algo más fuerte surgía en su corazón.
Respiró hondo.
—Lo voy a intentar…
Bateo las alas.
Una vez… dos veces…
Y de repente…
¡Volo!
—¡Vuelo! —exclamó.
Se dirigió hacia el pajarito y le ayudó a volver a su nido.
Cuando regresó, no daba crédito a lo que veían sus ojos.
Lo había conseguido.
Su mamá sonrió:
—¿Lo ves? El valor surge cuando ayudamos a los demás.
Timo ya no tenía miedo.
Cada día volaba un poco más lejos.
Y el cielo se convirtió en su mejor amigo.