La pequeña nube que aprendía a decir «gracias»

Érase una vez una pequeña nube llamada Nilo. Vivía en un cielo inmenso, rodeada de sol, viento y otras nubes.

Nilo recibía muchas cosas cada día: la luz del sol, la fuerza del viento y el frescor de la lluvia.

Pero nunca decía «gracias».

—¿Por qué debería dar las gracias? —decía—. Todo esto ocurre por sí solo.

Un día, el viento sopló más suavemente de lo habitual.

—Estoy cansado… —murmuró.

El sol, también, brillaba con menos intensidad.

—Necesito descansar…

Y la lluvia no cayó durante varios días.

El mundo de abajo empezó a cambiar.

Las flores se inclinaban con tristeza.

Los ríos se iban debilitando.

Los niños miraban al cielo con inquietud.

Nilo no lo entendía.

— ¿Por qué el mundo es menos bonito?

Una pequeña gota de lluvia le respondió:

— Quizá no te has dado cuenta de todo lo que recibes.

Nilo se puso a pensar.

Por primera vez, observó de verdad.

Vio cómo el sol regalaba su calor.

Sintió cómo el viento lo llevaba.

Comprendió que la lluvia alimentaba la Tierra.

— Yo… nunca había pensado en todo eso…

El viento volvió a soplar suavemente.

— Todos trabajamos juntos para dar vida al mundo.

Nilo sintió algo en su corazón.

—Gracias… —murmuró.

En ese instante, algo cambió.

El sol brilló un poco más fuerte.

El viento sopló suavemente.

Y la lluvia volvió a caer.

Las flores volvieron a sonreír.

Entonces, Nilo comprendió algo importante:

Decir «gracias» hace que el mundo sea más bonito.

Desde aquel día, nunca se olvidó de dar las gracias al sol, al viento y a la lluvia.

Y cada vez que decía «gracias», el cielo se volvía aún más luminoso.