Érase una vez un pequeño elefante llamado Bobo. Vivía en una gran sabana con su familia y sus amigos.
A Bobo le encantaba jugar en los charcos, pero hacía varios días que no llovía.
La tierra se estaba secando y los animales tenían sed.
—¿Dónde se ha ido la lluvia? —preguntó Bobo.
El viejo león respondió:
—La lluvia llega cuando el cielo está listo.
Pero Bobo estaba preocupado.
Decidió salir en busca de la lluvia.
Caminó mucho tiempo por la sabana.
Le preguntó a la jirafa:
—¿Has visto la lluvia?
—No —respondió ella—, pero he visto nubes muy lejos.
Bobo siguió su camino.
Se encontró con un monito en un árbol.
—¿Volverá la lluvia? —preguntó Bobo.
El monito sonrió:
—Quizá… pero hay que tener paciencia.
Bobo suspiró.
Llegó cerca de una gran colina y alzó la vista hacia el cielo.
Las nubes estaban allí… pero parecían cansadas y tristes.
—¿Por qué no llueve? —preguntó.
Una pequeña gota de agua cayó delante de él.
—No podemos caer si el cielo está triste —dijo la gota.
Bobo se quedó pensativo.
—¿Y si hacemos feliz al cielo?
Empezó a jugar, a bailar y a hacer reír a los animales.
El mono se unió a él.
Luego la jirafa, y después la cebra.
Poco a poco, las risas se elevaron hacia el cielo.
Las nubes empezaron a moverse.
Entonces, de repente…
¡Ploc! ¡Ploc! ¡Ploc!
La lluvia empezó a caer suavemente.
—¡Funciona! —gritó Bobo.
Toda la sabana se puso a bailar bajo la lluvia.
La tierra volvió a estar verde y alegre.
Los ríos volvieron a fluir.
El viejo león sonrió:
—Has comprendido que la alegría puede despertar incluso al cielo.
Bobo estaba feliz.
Desde aquel día, ya no le daban miedo las nubes grises.
Porque sabía que la lluvia siempre vuelve… cuando el corazón está alegre.