La búsqueda del tesoro en casa

Érase una vez un niño pequeño llamado Adam. Un día, su madre le dijo con una sonrisa:

—Hoy te he preparado una sorpresa.

Adam sentía mucha curiosidad.

—¿Una sorpresa? ¿Dónde está?

Su madre le dio una hojita con un mensaje.

—Tienes que seguir las pistas para encontrar el tesoro.

Adam abrió mucho los ojos.

—¡Una búsqueda del tesoro en casa!

La primera pista decía:

«Donde te lavas las manos».

Adam corrió al baño.

Encontró un papelito detrás del lavabo.

—¡Bien hecho! —decía—. «Ve a donde se preparan las comidas».

—¡La cocina! —exclamó.

Corrió hasta la cocina.

Debajo de la mesa encontró otra pista:

«Busca donde duermes».

Adam subió rápidamente a su habitación.

Debajo de su almohada encontró otro mensaje:

«El tesoro está cerca de tus juguetes».

Miró a su alrededor.

Luego se acercó a su baúl de juguetes.

Lo abrió con cuidado.

Dentro encontró una cajita de colores.

Le latía muy fuerte el corazón.

Abrió la cajita.

Dentro había… un rompecabezas y una notita.

La notita decía:

«El verdadero tesoro es el tiempo que pasas en familia».

Adam se quedó pensativo.

En ese momento, su madre entró sonriendo.

— ¿Y bien, has encontrado el tesoro?

Adam sonrió.

— ¡Sí! Y es aún más bonito de lo que imaginaba.

Pasaron el resto del día montando el rompecabezas juntos, riendo y jugando.

Adam comprendió que los tesoros más bonitos no siempre son objetos brillantes…

Sino los momentos felices compartidos con los que queremos.