Érase una vez un niño pequeño llamado Adam. Le encantaban las aventuras y soñaba con descubrir lugares mágicos.
Una mañana, se despertó a orillas de un mar extraño.
Delante de él había una pequeña isla que nunca había visto antes.
Pero había algo especial…
Las flores de aquella isla cantaban suavemente con el viento.
—¡Qué isla tan maravillosa! —exclamó Adam.
Decidió subir a un barquito para ir hasta allí.
En cuanto puso un pie en la isla, las flores empezaron a cantar más fuerte.
Formaban una bonita melodía.
Adam se paseó entre las plantas de colores.
Se encontró con una pequeña mariposa azul.
—Bienvenido a la Isla de las Flores Cantantes —dijo la mariposa.
—¿Por qué cantan las flores? —preguntó Adam.
—Porque se alegran de ver a visitantes amables —respondió la mariposa.
Adam continuó su exploración.
Descubrió árboles que emitían sonidos suaves, como instrumentos musicales.
También había un arroyo que cantaba al deslizarse entre las piedras.
Pero, de repente, el viento se calló.
Las flores dejaron de cantar.
La isla se volvió tranquila y triste.
—¿Qué está pasando? —preguntó Adam.
La mariposa explicó:
—La isla pierde su música cuando ya no recibe alegría.
Adam se quedó pensativo.
Entonces se le ocurrió una idea.
—¡Si cantamos juntos, quizá las flores vuelvan a la vida!
Empezó a cantar una cancioncilla alegre.
La mariposa lo acompañó.
Luego llegaron otros animales: pájaros, ranas y abejas.
Todos cantaron juntos.
Poco a poco, las flores volvieron a cantar.
La música de la isla se volvió aún más bonita que antes.
Los colores se hicieron más vivos, y el viento parecía bailar.
La mariposa sonrió.
—Ya has comprendido que la alegría es una música que se comparte.
Adam pasó todo el día en la isla, feliz y maravillado.
Cuando el sol empezó a ponerse, regresó al mar.
Mientras veía cómo la isla desaparecía en la lejanía, aún oía cantar suavemente a las flores.
Y sabía que nunca olvidaría aquella aventura mágica.