Érase una vez una niña pequeña llamada Lina. Le encantaba pasar tiempo en casa de su abuelo, porque él siempre tenía bonitas historias que contar.
Un día, él le dijo con una sonrisa:
— Lina, hoy te voy a enseñar un lugar que nadie conoce.
Lina sentía mucha curiosidad.
—¿Un lugar secreto?
El abuelo le cogió de la mano y la llevó detrás de la casa.
Caminaron por un pequeño sendero oculto entre árboles y flores silvestres.
Al final del sendero había una vieja puerta de madera.
—Ábrela con cuidado —le dijo.
Lina empujó la puerta y se quedó boquiabierta.
Ante ella se extendía un magnífico jardín.
Pero no era un jardín cualquiera…
Las flores cambiaban de color, las mariposas brillaban como estrellas y los árboles parecían sonreír.
—¡Es increíble! —exclamó Lina.
El abuelo sonrió.
—Es el Jardín de los Recuerdos.
Lina se paseó entre las flores.
Cada flor representaba un momento feliz.
—Esta representa el día en que aprendiste a andar —dijo el abuelo señalando una florecilla amarilla.
Lina se rió.
—¿Y esta? —preguntó ella señalando una flor roja brillante.
—Es el día en que me diste un gran abrazo.
Lina se emocionó.
Pero al seguir adelante, vio una pequeña parte del jardín donde las flores estaban marchitas.
—¿Por qué estas flores están tristes? —preguntó ella.
El abuelo suspiró suavemente.
—Son los recuerdos que se olvidan con el tiempo.
Lina reflexionó un momento.
Luego dijo:
—¿Y si las volvemos a hacer felices?
Empezó a contar historias, a reír y a cantar con su abuelo.
Poco a poco, las flores marchitas se enderezaron.
El jardín se volvió aún más luminoso que antes.
El abuelo se llevó la mano al corazón.
—Los recuerdos viven mientras los compartimos.
Lina comprendió entonces que los tesoros más hermosos no son los objetos…
Sino los momentos de amor y felicidad que guardamos en el corazón.
Y desde aquel día, visitaba a menudo el jardín secreto para no olvidar nunca sus recuerdos más bonitos.