Había una vez una pequeña unicornio llamada Luna. Vivía en un valle encantado donde crecían flores brillantes y las mariposas tenían alas de muchos colores.
Normalmente, Luna era muy alegre. Le encantaba correr por los prados, jugar con sus amigos y contemplar las nubes en el cielo.
Pero una mañana se despertó con el corazón lleno de tristeza.
Miró el sol brillante, pero no le dieron ganas de sonreír.
—¿Qué te pasa? —preguntó su mamá.
—No lo sé —respondió Luna—. Hoy me siento triste.
Su mamá le acarició suavemente la crin.
—A veces nos sentimos tristes sin una razón especial. Es algo completamente normal.
Aun así, Luna decidió salir a pasear.
Por el camino encontró a un pequeño conejo.
—¿Quieres jugar conmigo? —preguntó él.
—Hoy no, gracias —respondió Luna con dulzura.
Un poco más adelante escuchó a un pájaro cantar una hermosa melodía.
Lo escuchó durante unos instantes y su corazón se sintió un poco más ligero.
Después se sentó junto a un arroyo cristalino.
El agua murmuraba suavemente mientras pasaba entre las piedras.
Una tortuga llegó lentamente.
—Cuando estoy triste, me gusta contemplar la naturaleza —dijo—. Me ayuda a recuperar la calma.
Luna sonrió ligeramente.
Continuó su paseo y pronto vio a sus amigos preparando un pícnic.
—¡Luna! ¡Ven con nosotros! —gritaron.
Esta vez aceptó.
Compartieron frutas, contaron historias divertidas y rieron juntos.
Poco a poco, la tristeza de Luna se alejó como una pequeña nube empujada por el viento.
Cuando el sol empezó a ponerse, el cielo se llenó de hermosos colores.
Luna miró a sus amigos.
—Gracias por pasar este día conmigo.
—Los amigos están a nuestro lado tanto en los buenos momentos como en los más difíciles —respondió el conejo.
Aquella noche, Luna regresó a casa con el corazón en paz.
Había comprendido algo importante: es normal sentirse triste de vez en cuando, y compartir esos momentos con quienes nos quieren puede ayudarnos a volver a sonreír.
Y esa noche se durmió tranquilamente bajo las estrellas.