Había una vez una pequeña ardilla llamada Noisette. Vivía en un gran roble, al borde de un tranquilo bosque.
A Noisette le encantaba recoger avellanas para el invierno. Cada día corría de rama en rama con energía y alegría.
Una mañana, mientras buscaba comida, vio algo que brillaba al pie de un árbol.
—¡Oh! ¿Qué será eso? —se preguntó.
Se acercó y descubrió una hermosa avellana dorada.
Brillaba bajo los rayos del sol como un pequeño tesoro.
—¡Qué maravilla! —exclamó Noisette.
La tomó con mucho cuidado y la guardó en su cesta.
Por el camino se encontró con su amiga, la carbonera.
—¡Qué bonita avellana! —dijo el pajarito.
—Creo que es una avellana mágica —respondió Noisette con orgullo.
Durante todo el día mostró su tesoro a los animales del bosque.
Pero cuanto más miraba la avellana dorada, más miedo tenía de perderla.
La escondía y luego volvía una y otra vez para comprobar que seguía allí.
Al llegar la noche, estaba tan ocupado vigilando su tesoro que incluso olvidó jugar con sus amigos.
Al día siguiente, una fuerte ráfaga de viento atravesó el bosque.
Cuando Noisette volvió a su escondite, la avellana dorada había desaparecido.
—¡Oh, no! ¡Mi tesoro! —gritó.
Muy triste, la buscó por todas partes.
Sus amigos decidieron ayudarlo.
La carbonera buscó desde el cielo.
El conejo revisó los arbustos.
El erizo buscó entre las raíces.
Finalmente, encontraron la avellana junto a un pequeño arroyo.
—¡Aquí está! —exclamó el conejo.
Noisette se sintió muy feliz.
Entonces miró a sus amigos y reflexionó.
—Mientras protegía esta avellana, olvidé lo que de verdad es importante.
—¿Y qué es? —preguntó el erizo.
—Pasar tiempo con mis amigos.
Los animales sonrieron.
Noisette decidió compartir su tesoro con ellos. Juntos admiraron la avellana dorada bajo la luz del sol poniente.
Y aquel día, Noisette comprendió que la amistad vale mucho más que todos los tesoros del mundo.