Había una vez un pequeño zorro llamado Rouxy. Vivía con su familia en una acogedora madriguera, en el corazón de un gran bosque.
Rouxy era muy curioso. Le encantaba explorar los senderos, observar a los pájaros y descubrir nuevos lugares.
Una soleada mañana siguió a una mariposa de alas doradas.
—¡Espérame! —gritó mientras corría tras ella.
La mariposa voló cada vez más lejos. Rouxy la siguió sin fijarse en el camino.
Cuando por fin se detuvo, la mariposa había desaparecido.
El pequeño zorro miró a su alrededor.
Los árboles eran enormes. Los senderos le parecían desconocidos.
—¡Oh, no… Estoy perdido! —susurró.
Rouxy empezó a caminar, pero no conseguía encontrar el camino de regreso a su madriguera.
Se sintió triste y un poco asustado.
En ese momento, una ardilla apareció sobre una rama.
—Hola, pequeño zorro. ¿Por qué pareces tan preocupado?
—No encuentro el camino de regreso a mi casa —respondió Rouxy.
—No te preocupes. Nosotros te ayudaremos —dijo la ardilla.
La ardilla llamó a sus amigos del bosque.
Un búho bajó volando desde un árbol.
—Yo conozco los caminos vistos desde arriba —dijo.
Un conejo llegó dando saltos.
—Yo conozco los senderos cerca de los prados —añadió.
Todos juntos buscaron pistas.
Entonces Rouxy recordó algo.
—Cerca de mi casa hay una gran roca cubierta de musgo y un pequeño arroyo.
—¡Sé dónde está! —exclamó el búho.
Sus amigos guiaron a Rouxy a través del bosque.
Después de unos minutos, vio la gran roca cubierta de musgo.
Luego oyó el suave murmullo del arroyo.
Por fin vio su madriguera.
—¡Mamá! ¡Papá! ¡He vuelto!
Sus padres corrieron hacia él y lo abrazaron con fuerza.
—Estábamos muy preocupados —dijo su mamá.
Rouxy dio las gracias con mucho cariño a sus nuevos amigos.
—Nunca habría encontrado el camino sin vosotros.
La ardilla sonrió.
—Los amigos están para ayudarse unos a otros.
Desde aquel día, Rouxy fue siempre prudente cuando exploraba el bosque.
Y nunca olvidó que la amistad puede iluminar el camino, incluso cuando uno se siente perdido.