Había una vez un pequeño gatito llamado Minou. Vivía en una bonita casa con contraventanas azules, cerca de un jardín lleno de flores.
Minou era amable y juguetón, pero tenía una extraña costumbre: no le gustaba saludar.
Cada mañana, los animales del vecindario lo saludaban.
—¡Buenos días, Minou! —decía la gallina.
—¡Hola! —añadía el perro.
Pero Minou seguía su camino sin responder.
—¿Por qué nunca saluda? —se preguntaban sus vecinos.
Un día, Minou salió al jardín a jugar con su pelota favorita.
Corría, saltaba y reía cuando una fuerte ráfaga de viento hizo que la pelota saliera rodando detrás de un seto.
—¡Oh, no! ¡Mi pelota! —exclamó.
La buscó por todas partes, pero no la encontró.
Cerca del huerto vio a la gallina.
La gallina había visto cómo la pelota rodaba debajo de un arbusto.
Dudó un momento.
Después sonrió.
—Minou, tu pelota está allí, debajo del gran arbusto.
—¡Muchas gracias! —respondió el gatito.
Un poco más tarde, la pelota volvió a escaparse, esta vez cerca del estanque.
El perro le ayudó a recuperarla.
—¡Gracias! —dijo Minou de nuevo.
Esa noche, mientras regresaba a casa, pensó en todo lo que había sucedido.
Todos los animales habían sido amables con él.
Sin embargo, él nunca se tomaba el tiempo para saludarlos.
A la mañana siguiente, Minou salió de casa.
La gallina pasaba junto a la cerca.
Minou respiró hondo.
—¡Buenos días, señora Gallina!
La gallina abrió mucho los ojos.
—¡Buenos días, Minou!
Un poco más adelante se encontró con el perro.
—¡Hola!
—¡Hola! —respondió el perro con una gran sonrisa.
Durante todo el día, Minou saludó a todos los animales que encontraba.
Y ocurrió algo maravilloso.
Todos le sonreían más.
Las conversaciones eran más alegres.
Los juegos eran todavía más divertidos.
Aquella noche, Minou comprendió que una sola palabra puede hacer que un día sea más bonito.
Desde ese día, nunca volvió a olvidar decir hola.
Y cada mañana comenzaba con sonrisas, buen humor y mucha amistad.