Había una vez una pequeña mariposa llamada Lili. Vivía en un prado lleno de flores rojas, amarillas y azules.
Lili tenía unas alas preciosas y llenas de colores. Una mañana, al despertar, notó algo muy extraño.
Cada vez que batía las alas, una fina lluvia de polvo brillante flotaba detrás de ella.
—¡Qué curioso! —dijo.
Voló para enseñarles aquello a sus amigos.
Por el camino encontró una pequeña flor que parecía muy triste.
—¿Qué te pasa? —preguntó Lili.
—Me falta luz del sol —respondió la flor.
Lili batió suavemente las alas. Unas pequeñas chispas mágicas cayeron alrededor de la flor.
Al instante, la flor se enderezó y abrió sus pétalos.
—¡Gracias, Lili! —dijo llena de alegría.
La mariposa continuó su paseo.
Cerca del estanque, una joven rana intentaba atrapar una hoja que el viento había llevado lejos.
Lili voló sobre la hoja y batió las alas.
Una suave brisa sopló en la dirección correcta y devolvió la hoja hasta la rana.
—¡Me has ayudado! ¡Muchas gracias! —exclamó la rana.
Durante todo el día, Lili utilizó sus alas para ayudar a todos los que encontraba.
Guió a una abeja hasta un campo de flores, ayudó a una mariquita a encontrar el camino de regreso y llevó un poco de alegría a un caracol solitario.
Al caer la tarde, Lili estaba cansada.
Se posó sobre una margarita y contempló la puesta de sol.
En ese momento, una vieja libélula se acercó.
—Tus alas son realmente mágicas —dijo.
—Sí —respondió Lili—, pero no entiendo por qué.
La libélula sonrió.
—La magia no viene de las chispas. Viene de tu corazón generoso. Cada vez que ayudas a los demás, tus alas brillan aún más.
Lili contempló sus alas resplandeciendo bajo la luz dorada del atardecer.
Entonces comprendió que la verdadera magia era la bondad.
Desde aquel día, cada mañana voló por todo el prado para llevar su ayuda y su sonrisa a todos los que encontraba.
Y por donde pasaba, las flores parecían más hermosas y los animales más felices.