Había una vez una gran ballena azul llamada Naya. Vivía en el océano junto a peces de colores, tortugas marinas y delfines juguetones.
Naya era amable y muy bondadosa. Le encantaba nadar lentamente por las aguas profundas y escuchar el canto de las olas.
Un día notó algo extraño.
El agua ya no estaba tan limpia como antes.
—¿Qué está pasando? —se preguntó.
Nadó un poco más lejos y vio basura flotando en el mar.
Los peces parecían preocupados.
—Ya no tenemos lugares limpios donde vivir —dijo un pececito con tristeza.
Naya decidió actuar.
Reunió a sus amigos: la tortuga marina, el delfín e incluso un viejo cangrejo muy sabio.
—Debemos proteger nuestro océano —dijo.
Todos juntos comenzaron a limpiar el agua.
La tortuga recogía los pequeños residuos.
El delfín empujaba los objetos hacia la superficie.
El cangrejo ayudaba a sacar lo que había quedado atrapado entre las rocas.
Gracias a su gran tamaño, Naya transportaba los desechos hasta un lugar seguro en tierra.
Trabajaban juntos sin desanimarse.
Después de varios días, una gran parte del océano volvió a estar limpia.
Los peces volvieron a jugar.
Los corales brillaron otra vez bajo la luz del sol.
Un día, un barco pesquero pasó cerca de allí.
Los pescadores vieron a los animales trabajando juntos.
Conmovidos por aquella escena, decidieron cuidar también ellos del mar.
Comenzaron a mantener limpio el océano y a proteger la vida marina.
Naya estaba muy feliz.
—Juntos hemos logrado cambiar las cosas —dijo.
Desde aquel día siguió vigilando el océano y protegiendo a sus amigos.
Y cada vez que las olas brillaban bajo el sol, recordaba que incluso una sola voz puede marcar una gran diferencia.